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El epitafio de un producto

Debate

Luis Fernando Alejos y Issa Pérez Padilla hablan sobre marcas que se creen por encima del bien y del mal.

alejos

Escritor, artista y comunicador guatemalteco, con una trayectoria profesional diversa que incluye periodismo, marketing interactivo, edición literaria y producción editorial. Responsable de más de 700 artículos sobre entretenimiento, salud, tecnología, cultura, crónica social y eventos corporativos, en publicaciones impresas y digitales.

El epitafio de un producto o Huyamos hacia la izquierda

Por Luis Fernando Alejos

Hay algo fundamentalmente incorrecto cuando una compañía transgrede las leyes solo para beneficiarse. Sucede en todo tipo de economías. Es la cara de la moneda del sistema capitalista: ¿hasta dónde debe llegar una empresa con tal de llegar a sus metas de ganancias? Es allí cuando deberían los gobiernos decir: “basta”, “hay reglas”, “el dinero no lo puede comprar todo”.

“Nos hemos vuelto muy religiosos al adorar la avaricia”, afirmó el senador Bernard Sanders en el documental Capitalism: A Love Story. “Debemos cambiar nuestro sistema de valores”, palabras de un funcionario que busca disputar la candidatura demócrata para la presidencia de Estados Unidos.

Encontramos ejemplos de estas ilegalidades cada día. Está Nestlé sustrayendo agua de California en plena sequía (para abastecer su marca de agua embotellada Arrowhead, General Mills y su marca Cheerios Protein, objetos de una demanda colectiva por tratar de mercadear un producto sin reflejar transparencia sobre sus contenidos reales de azúcar y proteínas.

La falta de fiscalización en cuanto a financiamiento de partidos políticos, en Guatemala, revela también cuánto capital puede circular libremente con tal de avanzar los objetivos de un candidato. Nómada ya publicó una investigación sobre el vínculo entre Manuel Baldizón, la Asociación de Empresas de Autobuses Urbanos y la Asociación de Transportistas de Autobuses Urbanos. El interés del bien común va hasta atrás (o en “la fila de en medio”, donde “hay espacio”, de acuerdo a los brochas y pilotos que ajustan la definición de esta palabra a su propia conveniencia), mientras desde el congreso el excandidato del partido Líder jugaba con el presupuesto nacional para avanzar su carrera política, sin que hubieran medidas legales que lo detuvieran; mucho menos, el resto de diputados cuando fueron aprobados los millonarios subsidios al transporte público.

Si algo podemos aprender sobre la reciente aprobación de la Ley de Tarjetas de Crédito, es que es necesario defender los derechos de los consumidores. Y aun así habrá sectores que harán lo necesario para voltear la tortilla, pues resulta utópico creer que las empresas y sus dirigentes retirarán sus cartas de la mesa. Hacer negocios es su razón de ser, sin importar la democracia (citando al director Michael Moore) como norte.

¿Es mucho pedir que haya compañías que tengan una crisis de fe? ¿Podríamos ayudarles a redactar su epitafio, su lápida? Pensemos que en la fiesta de la democracia no es obligatorio que todos debamos bailar con cualquiera que nos invita, y que siempre debería existir la opción a reservarnos el derecho de admisión.

perez

Licenciada en publicidad, Magíster en Comercio Internacional. Socia-Directora de mercadeo en Work and Feeling, S.A. Directora Comercial de Guía (Guatemaltecos Impulsores del Aprendizaje)

Marcas que se creen por encima del bien y del mal

Por Issa Pérez Padilla

 

En el mercado contemporáneo hay muchas marcas que aparentan ser de las mejores porque aportan trabajo a cientos de personas y entregan un producto final relativamente “bueno”, con controles de calidad excelentes, pero que si investigamos a fondo nos daríamos cuenta que en realidad están dañando a los ecosistemas y al planeta, afectando directamente a miles de personas que viven alrededor de esta siembra: el aceite de palma, uno de los productos que más daño está provocando a varios países, desarrollando prácticas laborales cuestionables.   

También conocido como “grasa vegetal” es una de las alternativas más económicas; sin embargo, no existen muchas advertencias que indiquen que posee grasas hidrogenadas y saturadas, las cuales en exceso son nocivas para la salud.

Lo triste de todo es que el aceite de palma sirve para la manufactura de todo tipo de productos, tales como: aceite comestible, comidas congeladas, margarinas, helados, snacks, biocombustibles, productos de limpieza para el hogar, productos de higiene personal, cosméticos para el cuidado del cutis o del cabello, pintalabios y velas, entre otros.  

Y claro está que ninguno de nosotros se ha salvado de consumirlos, tanto en casa como en cualquier otro lugar: hoteles, restaurantes, etc. sin que nos enteremos.

La producción del aceite de palma está llevando a la deforestación de los bosques tropicales de Indonesia y Malasia, en los que cada año se talan entre 12 y 15 millones de hectáreas de selva autóctona, que a la vez causa el 15% de las emisiones de gases de efecto invernadero, contribuyendo negativamente al cambio climático. Y esta actividad industrial también está causando la muerte de varias especies de animales, las cuales se encuentran en peligro de extinción, como por ejemplo los orangutanes.  Pero las empresas productoras siguen cultivando, no sólo en Indonesia y Malasia, sino en varios países alrededor del mundo.

Ante estas cifras, las multinacionales que más emplean este aceite han tenido que reaccionar y han planeado evaluar los daños que causa su proceso productivo, pero no se ha visto nada claro, ya que la naturaleza perdida tarda décadas en volver a crecer y cualquier decisión que estas tomen no logrará arreglar el daño causado al planeta en el corto plazo.

La consultora independiente Union of Concerned Scientists ha analizado una cuarentena de empresas que inciden en esta industria de las cuales solo ocho habían adoptado el último año compromisos para proteger los bosques: PepsiCo, Nestlé, Kellogg’s, ConAgra, Danone, Procter & Gamble, Colgate-Palmolive y Henkel.

Mi recomendación es recordales que como consumidores ustedes tienen  el poder de decidir y sabrán si elegir productos que eviten la deforestación masiva y el incremento del CO2 a nivel mundial. Nuestra decisión de compra evitaría, además, las condiciones infrahumanas de niños y adultos que trabajan en la producción este tipo de mercadería, o incluso proteger especies naturales como los orangutantes. Esto contribuiría así a la limpieza y protección del planeta.   Lo que cada uno de nosotros hace y consume cuenta para cuidar nuestro ambiente.

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