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Preferí bailar con el diablo a oír a los publicistas

Debate

Claudia Armas refleja en el mundo de la publicidad y la importancia que decide ponerle en su vida.

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Claudia Armas

Claudia Armas

Consultora independiente de branding, blogger, músico y pirómana.

 

Preferí bailar con el diablo a oír a los publicistas

La ciudad comenzó a llenarse de mupis anunciando el Festival de Antigua, organizado por la Unión Guatemalteca de Agencias de Publicidad -UGAP-. Personajes de la talla de Johnny Cupcakes (nombrado America’s #1 entrepreneur por BusinessWeek), Eduardo Salles (creador de cinismoilustrado.com y colaborador de revistas como Letras Libres, Orsai, Picnic y Rolling Stone) o Joakim Borgström (director creativo de BBH London, ganador de más de 140 premios en los últimos 15 años) eran la principal atracción de un evento que, desde hace algunos años, reúne a la crema y nata del gremio publicitario regional.

Yo no soy ni la crema ni la nata del medio publicitario, más bien soy una disidente que en un arranque de conciencia, renunció a un nada despreciable empleo, para perseguir el sueño de una vida más comprometida consigo misma.  En fin, este año quería ir al festival atraída por el line-up de conferencistas y porque después de siete años de ausencia, me parecía un interesante ejercicio de masoquismo.

El viernes 21 de agosto, con pasaporte festivalero en mano, me dirigí hacia La Antigua Guatemala para sumergirme de nuevo en las turbias aguas de la publicidad, no sin antes encomendarme a Satanás, santo patrono de los publicistas.  Mientras el busito serpenteaba en el camino al Cerro Santo Domingo, recordaba la primera vez que asistí a los Premios Jade, tenía 22 años y una de mis piezas de radio estaba nominada a mejor jingle: un anuncio del código 140 de AT&T para llamadas internacionales.

En ese entonces, el festival no era un festival, tampoco era regional, sencillamente se hacía una exposición de las piezas inscritas en un salón del antiguo Hotel El Dorado, culminando con una fiesta de premiación a la que asistía la fauna local.  Por cierto, esa noche salí de allí con premio Jade en mano.

Llegamos a la cima del cerro y a partir de allí, supe que estaba ingresando a la nueva era publicitaria: brazaletes con código de barras, personajes de todas las latitudes del continente hablando español en distintos acentos, sofisticadas estancias con sofás blancos y tragos azules, hipsters tatuadísimos fumando cigarrillos de clavo, stands de café gratis donde te llaman por tu nombre de pila, edecanes de un metro ochenta (en mi época medían 1.65), difusión en tiempo real en redes sociales, etcétera.  Me sentí pequeñita en medio de esta colosal demostración de vanguardismo.

Algunas conferencias más entretenidas que otras. Paradójicamente, las que me parecieron más estimulantes fueron las que menos gustaron al público en general, que prefirió aplaudir ideas ya exploradas como el nacionalismo reinventado de Martín Mercado: che, un argentino hablando de la argentinidad sí es algo nuevo, mirá vos.  Por su lado, Johnny Cupcakes no logró capturar mi interés, tal vez porque el positivismo extremo me produce alergia y al servicio del capitalismo me produce arcadas. Al que terminé respetando, fue a Lach Hall, director de estrategia de Betaworks, quien es un genio del engagement, término que se utiliza para explicar el grado de involucramiento que la gente tiene con una marca.

Por mi parte, la cuota de involucramiento con la publicidad estaba llena, así que me retiré a beber mezcal, huyendo del bullicio del festival.  Aproximadamente seis o siete mezcales después, me di cuenta que estaba sosteniendo una conversación sobre el arte de bailar con el diablo y la importancia de saber renunciar con Eduardo Salles y Lach Hall, quienes en la tenue luz del bar brillaban más que en la tarima.

Texto publicado originalmente en Nómada.

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