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La participación ciudadana y su cultura

Debate

Jorge Luis García y Javier Payeras hablan sobre la participación ciudadana y como esto afecta a las asociaciones (incluyendo sus marcas) a las que pertenecen.

payeras

Javier Payeras - Narrador, poeta y ensayista

Javier Payeras - Narrador, poeta y ensayista

Ha publicado: Slogan para una bala expansiva (Poemas, 2015), Fondo para Disco de John Zorn (Diarios 2013),  Imágenes para un View-Master (antología de narrativa 2013), Déjate Caer  (poesía, 2012), Limbo (novela 2011), La Resignación y la Asfixia (poesía 2011), Post-its de luz sucia (poesía 2009), Días Amarillos (Novela 2009), Lecturas Menores (Ensayo 2007), Afuera (Novela 2006, segunda edición 2013), Ruido de Fondo (Novela 2003, segunda edición 2007), Soledadbrother (2003, 2da edición 2011, 3era edición 2012, adaptación al teatro a cargo de Luis Carlos Pineda y Josué Sotomayor 2013), (...) y otros relatos breves (Relatos 2000, 2da edición 2012), Raktas (1era edición 2000, 2da edición 2013). Es antologador de Microfé: Poesía Guatemalteca Contemporánea (2012). Su trabajo ha sido incluido en diversas revistas y antologías en Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. Actualmente escribe en el blog www.javierpayeras.blogspot.com y en la columna de opinión “El Intruso” en el diario Siglo 21 en Guatemala.

El museo de nuestras decisiones 

Por Javier Payeras

Nada me provoca más angustia que ir en marcha y ver el semáforo cambiar del verde al amarillo. La decisión me abruma ¿Freno...? ¿Sigo...? Detenerse puede ser lo correcto si es que la persona que  viene detrás, y en la misma carrera, lo entiende. Puede que frenar provoque un choque y puede que cruzar como una ráfaga también. El ejemplo es burdo pero creo que puede aplicarse para ilustrar esa complicada responsabilidad que es decidir. 

La libertad es responsabilidad. La responsabilidad es la capacidad de tomar decisiones y asumirlas. 

La verdad es que ser libres nos hace más responsables y más serios. Ser lo opuesto es quedarse nadando de “muertito” mientras otros nos dirigen a nuestro utópico destino.

Somos un museo de decisiones. Conformistas o rebeldes. Revolucionarios o conservadores. Al fin de al cabo tenemos lo que merecemos. Por otro lado está nuestra capacidad de discernir. 

Mantener un discernimiento claro entre lo correcto y lo incorrecto es lo que llamamos integridad. Cuando la línea se borra nos vamos perdiendo, nos vamos justificando y victimizando hasta convertirnos en asesinos, ladrones, violadores... Algo que desgraciadamente sucede a nivel casi generalizado en nuestro país. 

El pensamiento conservador guatemalteco (de cualquier ideología o credo) se fundamenta precisamente en anular esa capacidad de diferenciar entre lo correcto y lo incorrecto; diluir la voluntad de reformas y destruir por completo la responsabilidad ciudadana de tomar decisiones.

Ante la demagogia y ante el pseudo-legalismo que abunda en nuestras instituciones fallidas, hace falta contraponer acciones para salir de la crisis. Enrique Tierno Galván (político español) decía que la política tenía que dejar de ser una discusión acerca de ideales, para convertirse en un tema de programas y de propuestas. En eso radica la cultura del compromiso. 

Ni el redentor ni el tirano. Tampoco la farsa electorera de banderitas y colores. Nada de eso convierte el presente caos en una democracia. Sin asumir responsabilidades compartidas la queja puede ser tan eterna como la corrupción que la genera.

garcia

Jorge Luis García Cardona - Escritor para Desarrollo Hoy

Jorge Luis García Cardona - Escritor para Desarrollo Hoy

Ha trabajado en el área de comunicación institucional de la Universidad Rafael Landívar, Techo y Hábitat para la Humanidad. Actualmente trabaja como voluntario en el programa de gestión comunitaria de Techo con comunidades del departamento de Santa Rosa.

 

Más que una playera 

Por Jorge Luis García Cardona

He tenido la oportunidad de trabajar con algunas asociaciones sociales alrededor del país. Sus características varían, pero en mi experiencia hay un factor común. Ya sea en los Comités Locales de Hábitat para la Humanidad o las Mesas de Trabajo de Techo Guatemala, ya sean voluntarios universitarios o empresariales, casi nunca falta quien pregunte por su playera.

Sí, una playera. Especialmente si es conmemorativa de algún evento. Que si una marcha, que si un foro, que si una construcción. Por esto no me sorprenderé cuando las agrupaciones de estudiantes que manifiestan en la Plaza de la Constitución empiecen a portar playeras alusivas, si no lo hacen ya.

Y es que a lo largo de Guatemala existen miles de asociaciones que se reúnen y trabajan por el bien de sus comunidades. Algunas lo hacen de manera independiente mientras que otras bajo la sombrilla de alguna institución o incluso alguna agrupación política. Estas instituciones tienen marcas. Y para construir una marca, sirven las playeras.

En su libro Tribes: We Need You to Lead Us, Seth Godin dice que hay dos formas de liderar a un grupo de personas en un movimiento. La primera es dándole todos los insumos que necesitan para organizarse. En nuestro contexto esto puede ser ofrecer transporte a una actividad, instalaciones para reunirse, lecturas seleccionadas… y claro, playeras. Esto requiere recursos, pero le da a la institución control sobre la imagen y los mensajes.

La otra forma de fidelización es lo contrario: las personas se mueven y consiguen lo que necesitan para trabajar. Así, las asociaciones buscan salones parroquiales o escuelas para reunirse, proponen materiales de lectura, buscan otras redes de apoyo y deciden su propio rumbo. Eso sí: aquí pocas veces hay lugar para manuales de marca.

Los lineamientos de marca de las asociaciones grandes, por lo general, están muy bien definidos: existen manuales de marca que indican cómo se debe usar el logotipo, cuáles son los colores institucionales, qué mensajes clave usar. No obstante, pocas veces estos funcionan igual en todos los lugares, sobre todo cuando hay diversidad de culturas.

Si bien es difícil afianzar la imagen de una asociación y adaptar los mensajes a los variados públicos, es aún más difícil velar por la imagen institucional cuando estos últimos se apropian de la marca y generan su propia comunicación. Esto se hace particularmente evidente cuando la marca es nacional o internacional.

En mi experiencia me he topado con playeras rosadas o moradas y oficinas pintadas de amarillo (cuando los colores institucionales eran azules). Un logotipo estirado. Un par de páginas de Facebook “no oficiales”.

¿Pero qué tan graves son las faltas? Por una parte, esta apropiación demuestra fidelización y entusiasmo. Por otra, hablando en rigor, la marca se debilita. Ahora bien, en lo que respecta a asociaciones sociales o cívicas, la imagen institucional se ve mayormente amenazada por las acciones de las personas que las conforman que por algún logotipo más colocado en una gorra. Por lo mismo, tampoco se puede menoscabar la motivación de las personas que sin ninguna retribución (además de, quizás –y repito–, una playera) se reúnen para ejercer su ciudadanía. De nada sirve una asociación bien posicionada y con una presencia de marca fuerte si no tiene representatividad en las bases.

La cuestión entonces es encontrar un balance para construir una marca que trascienda para que la asociación signifique más que la suma de sus partes, pero que a la vez represente a cada una de las personas que la conforman. Las marcas deberían representar los valores de la institución y las personas que forman se adhieren a ella deberían sentirse identificados con estos ideales.

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