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La voz de la participación ciudadana

Debate

Un voluntario escribe sus experiencias con diferentes asociaciones y como su cultura afecta la participación ciudadana.

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Guatemalteco. Voluntario actualmente no-practicante. Cree en la posibilidad del cambio. Tiene estudios universitarios.

Sinfonía de construcción 

Hace alrededor de unos 8 o 9 años empecé a involucrarme con una asociación pro-bienestar animal. Participaba como voluntario en ventas de pasteles en Avenida Las Américas, marchas a favor de la causa, eventos de recaudación de fondos. Viví de cerca el proceso de rescate y recuperación de gatos y perros abandonados o maltratados. A medida que gané confianza y simpatía de la dirección de esta asociación empecé a ser invitado a las reuniones de junta directiva.

Con el tiempo me integraría como vocal. Eso me permitió sentirme parte de un proceso democrático a nivel logístico, con el fin de impulsar cambio a través de la marca que representaba la asociación. De igual forma, cuando sentí que sus posibles acciones o políticas me dejaban en un limbo de identidad (¿branding?) como voluntario y directivo, decidí apartarme. Honestamente, la marca también me empezó a alejar como uno de sus promotores-usuarios; el proceso no fue de una vía.

Parte del todo

“Ser voluntario es una expresión de participación ciudadana, de estar convencido que la causa por la que se trabaja es importante y contribuye al desarrollo de las personas y por ende del país.  Pertenecer a un grupo de voluntarios es compartir la idea de que uniendo esfuerzos, trabajo e ideas, se pueden transformar realidades para que nuestra sociedad camine hacia un desarrollo integral, incluyente y permanente.

Hacer voluntariado es pasar de la crítica a la acción, del ideal a la convicción, de ejercer derechos ciudadanos a ejercer ciudadanía”, afirman Héctor García y Carlos Quintanilla, en el artículo Voluntariado: un llamado al corazón. Y así, compartiendo sus palabras, navegué eventualmente hacia otra organización en la que me capacité para llevar alegría a orfanatos, asilos, hospitales y gente en la calle. Adopté una serie de principios, me alinee a la estructura organizacional de esta asociación creada por un grupo de jóvenes (que luego llegaría a conformarse de miles de voluntarios). Aprendí a ser inocente con más frecuencia.

Durante más de un año logré sentir que era en esencia un agente de cambio, no un cliché, sino una tuerca que lograba el funcionamiento correcto de un sistema positivo.

De la tristeza, la rabia, lágrimas, sonrisas, abrazos, obtuve tanto o más de lo que di. Fui testigo y participante en periodos de cambio, una persona a la vez. Los valores de esta marca-asociación también serían objeto de escrutinio. Como en cualquier democracia, el disenso es necesario e inevitable. Aun así, en esta segunda experiencia como voluntario alcancé a comprender que en Guatemala es posible el cambio. No se trata de una cuestión partidista, es evaluar cuál es la mejor forma de interactuar como prójimo. Partimos de lo que nos une o diferencia en pos de un término medio.

Allí es posible el crecimiento, en silencio o entonando una canción. García y Quintanilla lo plantean así: “El verdadero voluntario sabe que no puede resolver todos los problemas del país o trabajar por toda la sociedad, pero está convencido que su trabajo local y aporte, es la fuerza transformadora que el país necesita”. Dirigentes, voluntarios, gobiernos, empresas. Todos deben reconocer cómo cada uno aporta a la sinfonía que construye el país.

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